DEMOCRACIA HERIDA
La verdad, tanto
en la acepción de conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma
la mente o también, en la armonía de lo que se dice con lo que se siente o se
piensa, debería ser uno de los patrimonios más valiosos de la política. Vivimos
tiempos de profunda crisis de credibilidad, por cierto, con toda la razón,
debido principalmente a los comportamientos, llamémoslo educadamente, erróneos de
los que ocupan o están en la oposición dentro de lo público. Para una parte
importante de la sociedad, la política ha dejado de evocar una prestación de servicio,
para convertirse en sinónimo de privilegio, oportunismo o engaño. Puede parecer
una exageración, pero ciertamente la realidad supera la ficción. Sin embargo,
qué ocurriría si nadie estuviera dispuesto a asumir la responsabilidad de
gestionar lo comunitario.
La respuesta es
obvia y a la vez sencilla, una sociedad sin instituciones eficaces ni personas
dedicadas a la gestión pública sería incapaz de garantizar la seguridad, la
justicia, la educación, la sanidad, las infraestructuras, la economía y demás
combinaciones sociales posibles. Mientras los ciudadanos, desde la iniciativa
privada, crean riqueza, emprenden, innovan, trabajan y generan empleo, otros,
elegidos democráticamente y en segunda opción a dedo, tienen la obligación de
administrar con eficacia los recursos comunes, para que ese esfuerzo colectivo
pueda desarrollarse en un entorno de estabilidad con oportunidades. Lo público
no es un obstáculo para la prosperidad, es el marco que la hace posible, cuando
se entiende y se hace desde la búsqueda del provecho común.
Es perentorio
recuperar la dignidad de la ocupación política. No se puede permitir que casos
de corrupción, que ya van siendo constantes e intrínsecos al sistema como una
variable más de su funcionamiento fallido, definan una actividad cuya auténtica
esencia consiste en servir al interés general, por ejemplo, no se desprecia a
toda la educación por la mala praxis de algunos profesores, tampoco debería
condenarse a toda la política por el comportamiento de quienes han traicionado
su función, aunque en este caso son la mayoría.
Lo público, lo de
todos, carreteras, hospitales, colegios, equipamiento comunitario, ayudas
sociales o función administrativa, existe gracias al esfuerzo fiscal de
millones de personas. Los recursos públicos tienen un propietario muy concreto,
la sociedad que los aporta, administrarlos bien exige responsabilidad,
eficiencia y transparencia.
Pero aún más grave
resulta cuando algunos responsables públicos llegan a comportarse como si
aquello que tutelan les perteneciera. No es patrimonio personal ni dominio al
servicio de intereses particulares. Quien ocupa un cargo no recibe una
propiedad heredada o adquirida, sino una custodia temporal. Aunque se den casos,
en Canarias bastantes, de que casi toda una familia se aproveche de su estadía
en algún puestito aquí o allá, en la administración local, insular o
autonómica.
La verdadera
misión consiste en gestionar con rigor aquello que pertenece a todos y rendir
cuentas permanentemente por cada decisión adoptada. Por eso, la sinceridad tiene
que ser una virtud irrenunciable. Se necesita recuperar el culto a la verdad.
Gobernar implica tomar decisiones difíciles, reconocer errores cuando se
producen y explicarlos con honestidad. La confianza ciudadana no nace de la
perfección, sino de la coherencia entre lo que se dice y lo que realmente se
hace.
La mentira puede
proporcionar alguna victoria momentánea, pero termina destruyendo el vínculo
esencial entre votantes y elegidos. Cuando desaparece la confianza, se debilita
la democracia, dejando la verdad de ser un valor para convertirse en una
quimera y de ahí nace el populismo, la demagogia y el descrédito institucional,
que encuentran el terreno perfecto para crecer peligrosamente.
La política
seguirá siendo imprescindible para la convivencia acertadamente. Lo
verdaderamente prescindible son quienes entienden el poder como un privilegio y
no como un servicio. Son unos perfectos trúhanes. La honradez, la sinceridad, el
respeto escrupuloso por la verdad, deberían constituir el requisito mínimo para
el aspirante a representar a sus conciudadanos, partiendo invariablemente desde
la integridad personal.
Oscar Izquierdo
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