UNA POLÍTICA NOBLE
Cuando las
decisiones políticas se adoptan en función del mayor populismo aplicable, como
ingrediente principal que se aporta desde todos las influencias ideológicas o
partidistas, es urgente volver a implementar la nobleza de la política. Porque
ésta no es solo un mecanismo organizacional para el desenvolvimiento de la
entera sociedad, ni un campo de lucha por el poder, sino la destreza de la
convivencia, uniendo la acción pública generosa con la intención sincera de conseguir
resultados provechosos. Es acción humana eficiente con destreza gestora. La
democracia tiene como pilar sustentador, la confianza de la ciudadanía en sus
instituciones y la esperanza de contar con personas que, libremente se dedican
a trabajar en asuntos que se resumen en su función, a saber, un servicio público.
Otra cosa es cuando nos referimos a esos suéldogos, es decir, burócratas de
partidos, pedidores de favores e ínclitos aduladores del líder o lideresa
correspondiente, que entran en la política buscando desesperadamente un sueldo,
porque no tienen otra ocupación donde agarrarse para vivir y cuantificando lo
que tenemos, son la mayoría.
La política la han
manchado los mismos políticos. Corrupción constante, desde la derecha a la
izquierda. Promesas absurdas, infantiles, pedantes, poco creíbles, que no
aportan soluciones viables. Discursos vacíos, mediocres, torpes, que sólo
sirven para engordar la egolatría de los que se atreven a pronunciarlos. Sus
triunfos no llegan a la ciudadanía, porque solo son beneficiarios ellos mismos
para mantener sus prebendas, lo que genera una crisis de legitimidad, que se
traduce en la alta abstención que aleja de las urnas, simplemente por hastío,
creándose una animadversión hacia lo público que lo hace indiferente y en casos
graves repugnante.
Están surgiendo
movimientos ciudadanos que, desde lo local, reclaman un espacio. La paradoja de
que en un globalismo absorbente se quiere recuperar lo cercano, lo real, lo que
se puede hacer con seguridad de éxito para solventar lo que se padece
diariamente, es significativo, con propuestas ilusionantes que arreglen los desconchados
que hacen los políticos, que esto si lo hacen muy bien, estropear lo que dicen
o tocan. Estas iniciativas, en muchos casos vecinales, de cercanía, nos
recuerdan que la política es ante todo una construcción colectiva e ilusionante.
Se trata de volver a dar valor a la voz
de cada persona, a la deliberación, escucha y diálogo, para conseguir esa
capacidad de imaginar con responsabilidad un futuro mejor.
Recuperar la
dignidad de la política no es solo una aspiración romántica, sino también una
necesidad urgente para la salud democrática y el bienestar social. El debate
público que está contaminado por la descalificación grosera, el oportunismo facilón
y una preocupante desconexión entre representantes y votantes, hay que
restituirlo a principios básicos, ya olvidados, pero que tienen que revivir, tales
como, competencia, verdad, responsabilidad, compromiso y vocación de servicio a
los demás.
El discurso tiene
que retornar al respeto, abandonando el insulto cotidiano, que lo utilizan
quienes no tienen argumentos precisos, ni preparación profesional, académica o
técnica adecuada para ocupar cargos que les sobrepasan. El consenso es clave, porque los acuerdos
acercan diferencias. No es una renuncia
a las convicciones que se tienen, sino una expresión madura de personas capaces
de avanzar juntos, a pesar de las diferencias, del tipo que sean, pero que
anteponen el interés general al individual.
Escucha activa y voluntad franca de llegar a un acuerdo, es la única
forma de construir sociedades fuertes y equilibradas.
En una
colectividad avanzada, la siembra de coherencia en cualquier ámbito relacional,
sobresaliendo más en el político, produce cosechas de máxima productividad y se
empieza por lo básico, la unificación indestructible de lo que se piensa, se
dice y se hace, naciendo así la credibilidad. Abraham Lincoln, presidente de
los Estados Unidos dijo que “hay momentos en la vida de todo político en que lo
mejor que puede hacerse es no despegar los labios”. Que lo aprendan de
memoria y después se lo apliquen los bocachanclas que ocupan responsabilidades
públicas, tanto en el gobierno como en la oposición.
Oscar Izquierdo

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