COMPRENDER, ACEPTAR,
QUERER
Escribir sobre las
migraciones humanas es muy desafiante, porque estamos tratando de personas que por
motivos diversos cambian territorialmente de residencia, con todo lo que
conlleva en el conjunto existencial de cada una de ellas. También, porque,
aunque es una constante globalmente histórica de todos los tiempos pasados, en
cualquier lugar del planeta Tierra, en la actualidad, recalcamos este hecho con
énfasis porque ha sucedido siempre, crea controversia tanto política, económica,
social, cultural y en general, antropológica.
Los canarios hemos
sido un pueblo, que principalmente por necesidades de subsistencia familiar o
vital, hemos tenido que salir de nuestras islas buscando destinos que
aseguraran un futuro estable que garantizara un progreso económico, para
sustentar una vivencia confortable y segura para el porvenir. Nos atrevemos a
afirmar que no hay familia del Archipiélago, que no haya o tenga en la
actualidad parentela, en sitios más cercanos o lejanos. Asimismo, por estar
enclavados estratégicamente en el Atlántico medio, tradicionalmente, hemos sido
un emplazamiento receptor de múltiples ciudadanos de variadísimas zonas
culturales, que han servido para enriquecer y conformar nuestra forma de ser, existir
y precisar nuestra identidad común como pueblo diferenciado.
En las últimas
semanas hemos asistido perplejos, con mucho dolor, viéndolo al instante a
través de los medios de comunicación o redes sociales, lo que ha pasado en
Ceuta. Terrible e inhumano. No vamos a centrarnos en este caso concreto, pero
si nos puede servir para hacer algunas anotaciones al respecto. Tanto la
emigración, entendida como abandonar el propio país para establecerse en otro o
abandonar la residencia habitual en busca de mejores medios de vida, como la
inmigración, a saber, llegar a un país extranjero para radicarse en él o
instalarse en un lugar distinto de donde se vivía también para mejorar, exige
un debate sereno, alejado de posturas extremistas, que por sí mismas son
fundamentalistas. Hay que poner objetividad, bastante solidaridad y mucho
entendimiento explicitado como razón humana, es decir, con sosiego.
No cabe duda de
que el efecto migratorio tiene consecuencias, unas positivas que aportan valor
y otras negativas que suponen problemas de convivencia. Hay que conseguir unir,
más que destruir, puentes de comunicación entre las distintas sensibilidades
que se producen al respecto, para afrontar el desafío que supone, acogiendo al
que lo demanda imperiosamente queriendo trabajar y aportar donde llega y devolviendo
legalmente con todas las garantías, al que no quiere añadir nada o incumple
gravemente el ordenamiento establecido en el lugar de destino.
Desear trabajar en
paz para tener una vida digna es un derecho humano fundamental que hay que
proteger y alentar. Prosperar es una ambición noble de cualquier ser humano y
si encima contribuye al bien común de la sociedad ganamos todos. Los
inmigrantes ciertamente aportan mucho cuando quieren integrarse plena y
conscientemente a donde llegan. Es verdad que tiene que haber una serie de
legislación jurídica adecuada, en cantidad y calidad, para garantizar los
derechos y obligaciones tanto de los residentes habituales como de los que vienen,
buscando estrategias inteligentes, dignas, con finura humana, para equilibrar
lo que puede aparentar en un primer momento una distorsión social.
Muchos flujos
migratorios están alentados por organizaciones malhechoras dedicadas al tráfico
de personas que están enriqueciéndose con la explotación y desesperación de
miles de seres humanos, poniéndolos en un abismo de verdadero riesgo para sus
vidas, como desgraciadamente sucede continuamente cerca de nuestras costas,
bañadas con la sangre de hombres y mujeres, adultos o niños, que en su día se
embarcaron buscando un soñado mundo mejor al que nunca llegaron. No podemos
obviar que muchos Estados y gobiernos, sin escrúpulos, utilizan la migración
con fines deleznables, buscando réditos políticos o económicos.
Las propuestas de
solución, que son un verdadero desafío, tienen que hacerse desde la comprensión,
colmada de acogida generosa cuando sea el caso. Los remedios, inaplazables, de
las condiciones económicas y sociales en los países de origen, que obligan e
impulsan las migraciones, hay que afrontarlos con eficiencia gestora y eficacia
resolutiva desde los países más desarrollados. Nunca desaparecerá, porque migrar
no es una excepción, sino una constante histórica inherente a la condición
humana.
Oscar Izquierdo
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