CALUFA EN CANARIO
La calufa
entendida como calor sofocante es un canarismo, también utilizado en algunas
zonas de Andalucía, que no se debería perder en nuestras islas por otras
señalaciones modernas asociadas al globalismo ideológico y que distorsionan el
discurso para hacerlo más alarmante como “olas de calor”, que denominan a esos
periodos prolongados de temperaturas anómalas, que se han vuelto más intensos y
frecuentes en los últimos años. El cambio climático es evidente, por lo que es
preciso actuar lo más rápido posible para revertir sus efectos perniciosos.
Otra cosa es lo que hagan o dejen de hacer al respecto los distintos gobiernos
estatales, porque es una problemática mundial, que no se ataja con prontitud y
firmeza porque se anteponen otros intereses. También sirve para tapar otras
rutas informativas que desde las esferas del poder se intentan acallar o como
mínimo disminuir. Es significativo que los informativos de las televisiones o
emisoras de radio afines al gobierno estatal, dediquen un tiempo desmesurado a
esta cuestión, incluso mencionando, sobremanera, la situación en otros países,
obviando otros asuntos sensibles nacionales bastantes enojosos, dedicándoles
poco espacio o mentándolos de pasada, como son los casos de corrupción, que
también tienen sus visos de ardor o mejor dicho de bochorno.
El verano, como la
estación astronómica del año, que comienza en el solsticio del mismo nombre y
termina en el equinoccio de otoño, se caracteriza por ser la época anual más
calurosa, que en el hemisferio boreal corresponde a los meses de junio, julio,
agosto y en el austral a los de diciembre, enero y febrero. Por lo que entra
dentro de la normalidad la canícula, que invita a escoger los periodos
vacacionales, acercarse al mar o buscar lugares frescos donde guarecerse del
bochorno, es decir, refugiarse para librarse del daño o peligro de las
inclemencias del tiempo. Es lo habitual, aunque haya quienes aprovechen
episodios concretos, para generalizar e inquietar a la población con mensajes
apocalípticos.
En los meses
estivales, el calor no sorprende como si fuera un fenómeno extraordinario, es
lo lógico, les guste o desagrade a los tremendistas agoreros de desgracias. Las
temperaturas extremas son evidentes y la acción del hombre sobre el territorio,
en muchos casos dañina, ayuda a que sean más exageradas. Las conversaciones
giran en torno al sofoco ambiental, olvidándose de otros asuntos
transcendentales que merecen más atención y la sensación general que nos
quieren transmitir desde los poderes públicos, es que estamos ante algo inusual
que nos traerá una hecatombe, sin embargo, conviene recordar una evidencia, el
calor es precisamente lo corriente en verano, van asociados. La tradición
asegura que el 10 de agosto, festividad de San Lorenzo, martirizado y quemado
en una parrilla, es el día más cálido del año.
Como se dice
ahora, este es el relato verídico de lo que sucede. Este patrón no debería ser
motivo de alarma constante como nos quieren impregnar desde las alturas
públicas o de las siempre falibles ideologías catastróficas, sino parte del ciclo natural que marca el
ritmo de nuestras vidas, del descanso, el fin del curso académico o profesional,
de la siempre juiciosa agricultura, del
movimiento humano provocado por el turismo y de muchas de nuestras costumbres,
entre ellas la celebración de las fiestas veraniegas, que también son
necesarias y más que oportunas. Es
cierto que en ocasiones se registran picos de temperatura más elevados de lo
habitual y que estos episodios deben ser atendidos con responsabilidad, sobre
todo, por sus efectos en la salud de las personas más vulnerables. Pero no todo
episodio de calor puede interpretarse como una anomalía. Existe una tendencia
preocupante a dramatizar lo cotidiano, a convertir lo normal en excepcional,
alimentando una percepción distorsionada de la realidad.
El calor es
sinónimo de verano y eso no significa ignorar los desafíos que pueda plantear a
todos el aumento de las temperaturas, sino afrontarlos con sentido común. Adaptándose
a las nuevas circunstancias, como así ha hecho la humanidad, invariablemente,
ante los nuevos retos que históricamente ha tenido que enfrentar. Hay que
entenderlo bien para adaptarse mejor, sin alarma permanente. Equilibrando la
percepción del tiempo en su justa medida, sin exageraciones.
Oscar Izquierdo
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