EL PUESTITO
Cada vez estamos más
cerca de las próximas elecciones, tanto locales, autonómicas como estatales,
falta solo un año. Ya comienzan los nervios de los profesionales de la
política, me gusta llamarlos suéldologos como definición certera, ya que
necesitan imperiosamente una remuneración mensual, que consiguen si logran estar
en puestos de salida en las listas electorales y después gobernar, con el fin
de asegurarse cuatro años de entradas
económicas seguras y abundantes, tanto para el mantenimiento personal como familiar,
ya que fuera de la esfera pública no tienen nada donde acogerse, para
simplemente obtener algún salario.
Muchos carecen de la
formación académica suficiente para ostentar cargos de responsabilidad que les superan,
otros no tienen, previamente, la pericia técnica adquirida en el ejercicio de
una profesión y los peores son los expertos de la nada, es decir, los que hay
que colocar en el puesto que sobra o se le busca porque es un excelente
burócrata, esencialmente fidelísimo del partido, siempre dispuesto a
sacrificarse por aparentar lo que no sabe pensar o hacer. Son los que más daño
hacen a la gobernanza de la cosa pública.
La gran mayoría de los
políticos de este país se han convertido en unos verdaderos amañadores de
pagas, dietas y otras prebendas, lo que disminuye su calidad, aumentando proporcionalmente
la mediocridad. Son los dirigentes públicos cuya falta de altura intelectual y
visión de futuro se traduce en decisiones erráticas, promesas vacías y una
alarmante desconexión con la realidad sufrida diariamente por los ciudadanos.
Su paso por las instituciones no deja huella constructiva, sino una estela de
oportunidades perdidas, proyectos mal gestionados y una creciente desconfianza
social. Incapaces de asumir responsabilidades o de rodearse de talento, porque eso
los descubren, convierten la política en un ejercicio estéril, donde prima la
improvisación sobre la planificación y el interés personal sobre el bien común.
El resultado es un daño profundo al progreso.
Dentro del mismo partido político
empiezan las miradas atravesadas, las criticas veladas al compañero o compañera
que hasta este momento era inseparables, las ansias de estar en todos los
saraos, especialmente en el verano, en las procesiones de las fiestas locales,
para después colocar infinidad de fotos en sus redes sociales, para aseverar
que estuvieron. Los empujones para colocarse lo más cerca del líder o lideresa,
con la intención de que no se olviden de que existen, siendo existencialmente la
pérdida de la dignidad por un jornal. Bochornoso pero auténtico.
Hay que conseguirlo a
cualquier precio, olvidándose que su función es servir y no servirse.
Convertidos en peritos del poder, su única prioridad es permanecer en el cargo,
cueste lo que cueste, que a ellos les sale muy rentable. No importa el desgaste
personal, dando lástima, ni institucional, menos la pérdida de credibilidad, lo
esencial es asegurar su presencia en la próxima legislatura, recurriendo a todo
tipo de estrategias, incluidas las más infames. Llegan incluso a pactos
incoherentes con quienes ayer eran adversarios o enemistades irreconciliables.
La coherencia se diluye, la ética se negocia y la política se degrada en un
espectáculo donde lo importante no es gobernar bien, sino sobrevivir. Penoso.
Todo pasa por aferrarse
al cargo sea cual fuere, ya que perciben la política como un placer retributivo
de intereses personales, que lleva a un crecimiento de la desafección,
sencillamente, porque se nota a la hora del mal gobierno o mejor expresado, por
su total incapacidad gestora. Nunca hay que olvidar que, sin confianza, la
democracia se debilita.
No necesitamos políticos
que se agarren al sillón, como verdaderas gotitas de pegamento que no hay
manera de separar, sino administradores públicos éticos, capaces de marcharse
cuando toca, anteponiendo el bien común a su futuro personal, porque éste lo
tienen asegurado antes de haber entrado en lo público. Estos últimos son pocos,
pero ejemplares.
Oscar Izquierdo
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