VOLVER A MIRARNOS
Estamos viviendo
tiempos convulsos, como ha sido una tónica general a lo largo de la historia
humana, tampoco hay que escandalizarse ni volver a nostalgias que no llevan a
nada y menos a futuros que no sabemos cómo serán. Tampoco a esos refranes sobre
lo anterior, como el de “cualquier tiempo pasado fue mejor” o sobre el porvenir
recordando “el que adelante no mira atrás se queda”. Cada época se caracteriza
por alguna característica que imprime carácter, algunos lo llaman moda, a todo
lo que sucede o se cree. Polarizar es textualmente orientar en dos direcciones
contrapuestas. Aquí es donde nos encontramos actualmente, en el frentismo
absoluto en todo y por cualquier circunstancia. Una sociedad con esta
característica no es simplemente el rechazo de opiniones diversas, es más bien
un entorno donde las diferencias se convierten en trincheras, donde el
desacuerdo deja de ser enriquecedor para transformarse en combate permanente.
La polarización, cuando invade todos los ámbitos, como el político, social,
mediático, cultural e incluso, tristemente, el familiar, erosiona los cimientos
de la convivencia y dificulta la construcción de un proyecto mínimo común, tan
necesario en las colectividades humanas.
Se empobrece el
debate público, en España lo estamos viendo diariamente. Cuando las posiciones
se vuelven extremistas e irreconciliables, desaparece el espacio para el
consenso, la reflexión y el análisis sereno. Las ideas, que pueden ser buenas o
malas, dejan de evaluarse por su contenido y pasan a juzgarse por quién las
emite, imponiéndose la trágica lógica del conmigo o contra mí. Esto no solo
limita la calidad de las decisiones, sino que favorece la proliferación de
discursos populistas que se alimentan de la confrontación. El centro ha
desaparecido como lugar de encuentro. El gris no existe, sólo el blanco y el
negro, sin dejar espacios a los demás colores de la paleta. En el justo medio está la virtud, que no
olvidemos que es la disposición de cualquier persona para obrar de acuerdo con
determinados proyectos ideales como el bien, la verdad, la justicia y la
belleza. Ya lo decía hace tantos siglos el filósofo Aristóteles y todavía hay
personas que desconocen este razonamiento vital.
En esta atmósfera
enrarecida, donde no se escucha ni se mira a los ojos del que piensa o actúa
diferente, se debilitan las instituciones, porque cuando la desconfianza se
convierte en norma, cualquier decisión es interpretada como una maniobra
interesada del otro bando, socavando la legitimidad de los organismos públicos,
donde no se aceptan reglas generales, sino el puro subjetivismo sin admitir
límites ni contrapesos. En estrictamente social se rompen los lazos de
cohesión. Las relaciones personales se enfrían, congelándose la armonía, porque
prevalece la tensión ideológica sobre planteamientos racionales y lo que antes
eran diferencias asumibles se convierten en motivos de ruptura. La empatía se
debilita convirtiéndose en algo extraño al acontecer ordinario, porque el otro
ya no es percibido como alguien con quien se puede dialogar, sino como un
adversario al que hay que vencer y si se puede machacar, en canario queda mejor
decir escachar. Esta deshumanización del contrario lleva consigo efectos peligrosos,
abriendo la puerta a actitudes intolerantes y excluyentes. Polos opuestos,
guerras abiertas, desacuerdos constantes, consiguen lo contrario a la serenidad
beneficiosa.
La información se
convierte en su antónimo, a saber, desinformación, que también podría ampliarse
a incomunicación. Generalizando, sin visos de equivocación, por la experiencia
vivida, que los ciudadanos consumen, leen o escuchan únicamente aquellos
contenidos que refuerzan sus propias creencias, creando reales burbujas fanáticas.
Este fenómeno, exacerbado por las redes sociales, donde el vergonzoso y cobarde
anonimato anda por sus fueros creando contenidos mentirosos, insultos
descalificables o ideas fantasiosas, dificulta el acceso a una visión completa
y objetiva de la realidad. La verdad se fragmenta y se convierte en algo
relativo, donde cada grupo construye su propio relato, por cierto, palabra en
boga, que viene a significar el conocimiento que se da, generalmente detallado,
de un hecho, narración o cuento y para encuadrar su verdadera
significación de lo que venimos comentando, sería la reconstrucción discursiva
de ciertos acontecimientos interpretados en favor de una ideología o de un
partido político determinado. De esta manera los hechos pierden importancia
frente a las emociones y los prejuicios.
El resumen queda
reflejado en una sociedad más débil, fragmentada, peleada e incapaz de afrontar
sus desafíos y menos con posibilidades de solucionar sus problemas. La disparidad
de opiniones es una riqueza en sí misma, pero solo cuando se articula desde el
respeto, la escucha y sobre todo, la capacidad de asumir, cuando es oportuno,
lo que el otro propone buenamente. Las utopías no sólo están para discurrir,
sino para hacerlas realidad, aboguemos por una sociedad del encuentro.
Oscar Izquierdo
.jpeg)
.jpeg)
Comentarios
Publicar un comentario