INTELIGENCIA HUMANA
Vivimos en un
mundo digital, robotizado, envuelto absolutamente en lo artificial, entendido
como algo no natural o falso. Casi todo es sospechoso de la incertidumbre de su
verdad o mejor explicitado, parece que estamos anclados en lo abstracto,
entendido como oposición a lo real. Nada es verdad a no ser la de cada cual,
que se defiende únicamente desde el ámbito de las ideas, con predominancia de
un fundamentalismo implacable, incapaz de absorber lo que otro o los demás
plantean como solución a cualquier circunstancia vivencial. Aquí va bien
apuntar la frase de Jules Renard, escritor y dramaturgo francés, cuando
manifestó que “di de vez en cuando la verdad para que te crean cuando mientes”.
Por eso hay que estar ojo avizor, es decir, atento para asumir el papel de
vigilante acérrimo, para no dejarse llevar por modas pasajeras e influencias
perversamente sugestivas. Es lo que podríamos denominar como tener
personalidad, que en canario se traduce en ser una persona con fundamento.
Está de máxima
actualidad todo lo relacionado con la inteligencia artificial, se habla y
escribe por activa y pasiva sobre la misma, sus consecuencias, efectos
positivos o negativos y aunque parezca redundante hay que manifestarlo también,
sobre sus ventajas e inconvenientes, que parecen términos sinónimos, pero
tienen sus diferencias de significado lingüístico muy sutiles a tener en cuenta.
El futuro es suyo según los agoreros del globalismo vacío de pensamiento
concreto. El devenir nos dirá lo que sucederá, asumiendo desde luego el
progreso en general como imparable, yendo en la dirección precisa o equivocada
según lo asumamos, implementándolo con la corrección y prudencias oportunas o aplicándolo
con la desfachatez de la improvisación tan característica de los integristas,
fanáticos, extremistas o dogmáticos.
Yo me quedo con la
Inteligencia Humana, IH, que tenemos las personas por el mismo hecho de ser en
si mismas, es decir, con esa capacidad de entender o comprender, para resolver dudas,
asuntos y dilemas que se nos presentan diariamente a todas horas, unos más
graves, otros leves, pero todos a resolver. Generalmente son cuestiones
dispares según se exteriorizan en cada momento, pero con la obligatoriedad que
se asume siempre con la responsabilidad de solventar con habilidad, destreza y
experiencia. Hay muchas palabras que significan estados anímicos que tenemos
que afrontar, como inseguridad, inquietud, desasosiego, duda, indecisión,
vacilación, recelo, sospecha, ahí entra plenamente a personarse y nunca mejor
expresada esta denominación, la Inteligencia Humana, IH, donde derrama
copiosamente su magnitud de beneficencia decisoria.
Es creadora de
oportunidades, en muchos casos inimaginables, que incluso desconocíamos como
capacidades personales. También nos suma experiencias, que son enseñanzas
aprendidas a base de errar o acertar. Nos examina constantemente en nuestro
obrar, para saber si nuestro pensar o comportamiento es moral o sólo quimérico.
Lo ordinario le interesa tanto como lo extraordinario, entre otras cosas porque
lo corriente es lo más usual que nos sucede. Deliberar, como el acto grandioso
de reflexionar detenidamente sobre algo antes de emitir un juicio o tomar
una decisión, es quizás la plasmación más evidente de la libertad que nos
incorpora esta Inteligencia Humana, IH, que llevamos impresa inevitablemente
por el hecho de ser individuo pensante.
Como seres humanos
estamos impregnados de emociones, mucha intuición, la suma de valores que
aprendemos desde la más tierna infancia, primero en la familia, después en las
distintas etapas educacionales y por fin en el mercado de trabajo, que nos
ayudan a tomar resoluciones fiables, simultáneamente con esa capacidad de la
imaginación donde somos creadores de todo tipo de aventuras, cada cual más
arriesgada y prometedora.
La Inteligencia Humana,
IH es una condición existencial, diríamos que ética, que nos abre el camino al
pensamiento crítico y a ser analíticos, como estudiosos de lo que nos rodea
para convivir lo mejor posible, entre nosotros mortales, porque nunca hay que
olvidar esta cualidad final e interactuar con el medio ambiente que nos
engloba, porque la persona se eleva o dignifica por el razonamiento honesto y
eficiente.
Oscar Izquierdo

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