CONCRETAR PARA HACER
Estamos rodeados
de la artificialidad, donde casi todo aparece envuelto en un papel engañoso,
propiciado quizás, por una sociedad que asume todo lo que le dan sin análisis
previo, critica constructiva o ponderación alguna. Como vale todo, el subjetivismo, es decir, lo
personal o individual, supera cualquier barrera de la verdad empírica, llegando
también a una desconfianza absoluta ante las certezas sobre cualquier asunto.
Hay una dispersión manifiesta que impide una concentración oportuna
facilitadora de soluciones precisas.
Los políticos han
sido los verdaderos creadores de esta tendencia ruinosa para la sociedad, ya
que los problemas se enquistan por la falta de ejecución propia y de soluciones
precisas a tiempo y puntuales. Su actividad es una pura composición de
fantasías que se desinflan con el devenir de los acontecimientos. Nada se
arregla, al contrario, lo normal es que se pudra. Promesas que se repiten con
el mayor desparpajo sin cumplimiento alguno. Puestas en escena propias de
tramoyas teatrales. Discursos vacuos sin contenidos a posteriori. Es la
virtualidad en su máxima praxis.
La dispersión es
la característica errónea que lleva al fracaso de cualquier esfuerzo que, unido
a la incapacidad de actuar con un enfoque concreto, produce una falta de
concentración, tan necesaria para asumir con seriedad y responsabilidad los
retos a los que hay que hacer frente. La pérdida ejecutiva es producida como
consecuencia de las interminables promesas vacías, reuniones inservibles,
discursos grandilocuentes y un constante eludir de la acción. Este fenómeno,
lejos de resolver nuestras dificultades, las perpetúa y agrava. Por lo tanto,
hay que buscar arreglos eficaces, como es el delimitar los asuntos, definir los
temas con precisión y centrarse en soluciones viables, reales y posibles.
Es imperiosa la
necesidad de poner nombre y forma a cada problema. En un entorno super interconectado,
es tentador mezclar temas, incluyendo causas cruzadas o posponer decisiones,
que dicen que habrían que ponderarse, bajo la excusa de que la existencia de múltiples
variables impide la toma de decisiones exactas. Delimitar, permite que cada
asunto se analice en su propia magnitud, sin dispersión, lo que facilita
identificar las causas reales y por tanto, generar propuestas eficaces.
Tenemos que
adelantar y eso significa acabar definitivamente con las reuniones sin un
objetivo claro, las comisiones interminables y las declaraciones
grandilocuentes, tan agradecidas por los responsables públicos, que al fin al
cabo son un refugio para no tomar decisiones ni sencillas y menos complicadas. Se
necesitan planes concretos, cronogramas medibles y la asignación de recursos
específicos suficientes y operativos.
Delimitar ya es elaborar.
Cada paso debe ser revisado, evaluado o reajustado si es preciso. Los
problemas, cuando se enfrentan con especificidad, encuentran soluciones, perdiendo
su peligro intimidante. Se convierten en retos acotados, a los que se les
pueden asignar responsables y tiempos. Así, la acción no se diluye en la
inercia discursiva, sino que se convierte en el motor del cambio.
El desafío de la
gestión actual no es solo prometer o hablar, que penosamente se hace mucho,
sino acotar, analizar y actuar. Solo a través de un encuadramiento riguroso de
los asuntos, un análisis real de las soluciones y un compromiso real con la
ejecución, lograremos que las promesas se transformen en hechos y que las
palabras sean el principio de la ejecución material.
Definir claramente
los asuntos es el primer paso para avanzar de verdad. La claridad obliga a
priorizar, a fijar objetivos concretos, especificándolos soberanamente. La
divagación constante solo genera confusión, que muchas veces es buscada para
huir de la asunción de las responsabilidades y retrasa decisiones necesarias.
En cambio, cuando cada tema está bien delimitado, es más fácil actuar, medir
resultados y corregir errores. Hablar menos y concebir más permite transformar
las ideas en hechos exactos. Porque al final, lo que importa no es lo que se
dice, sino lo que realmente se hace.
Oscar Izquierdo
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